martes, 17 de febrero de 2009

uno-


En estos momentos tuve una certeza fulminante: cada uno tenía una «misión» pero ésta no podía ser elegida, defi­nida, administrada a voluntad. Era un error desear nue­vos dioses, y completamente falso querer dar algo al mundo. No existía ningún deber, ninguno, para un hombre consciente, excepto el de buscarse a sí mismo, afirmarse en su interior, tantear un camino hacia ade­lante sin preocuparse de la meta a que pudiera conducir. Aquel descubrimiento me conmovió profundamente; éste fue el fruto de aquella experiencia. Yo había jugado a menudo con imágenes del futuro y soñado con papeles que me pudieran estar destinados, de poeta quizá, de profeta, de pintor o de cualquier otra cosa. Aquellas imágenes no valían nada. Yo no estaba en el mundo para escribir, predicar o pintar; ni yo ni nadie estaba para eso. Tales cosas sólo podían surgir marginalmente. La mi­sión verdadera de cada uno era llegar a sí mismo. Se po­día llegar a poeta o a loco, a profeta o a criminal; eso no era asunto de uno: a fin de cuentas, carecía de toda im­portancia. Lo que importaba era encontrar su propio destino, no un destino cualquiera, y vivirlo por comple­to. Todo lo demás eran medianías, un intento de eva­sión, de buscar refugio en el ideal de la masa; era amol­darse; era miedo ante la propia individualidad. La nueva imagen surgió terrible y sagrada ante mis ojos, presenti­da múltiples veces, quizá pronunciada ya otras tantas, pero nunca vivida hasta ahora. Yo era un proyecto de la naturaleza, un proyecto hacia lo desconocido, quizá ha­cia lo nuevo, quizá hacia la nada; y mi misión, mi única misión, era dejar realizarse este proyecto que brotaba de las profundidades, sentir en mí su voluntad e identificar­me con él por completo.


Había probado mucha soledad. Pero ahora presentí que había una soledad más profunda, y que ésta era ine­vitable

No hay comentarios: